«La verdad os hará libres».
¿Qué otro fin más noble y recto puede albergar el conocimiento que el de hacerse con ella? ¿A qué otro objetivo puede dirigirse la educación de nuestros jóvenes sin que quede degradada?
San Juan Pablo II, de cuyo fallecimiento conmemoramos esta semana el vigésimo aniversario, nos recordaba a los educadores —padres, maestros, profesores, catequistas…— que «el amor apasionado por la verdad debe animar la tarea educativa más allá de meras concepciones «cientistas» o «laicistas». Debe llevar a enseñar cómo discernir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo moral de lo inmoral, lo que eleva a la persona y lo que la manipula»[1].
Nos alentaba, especialmente a los educadores laicos, a enamorarnos de la verdad, a buscarla para aprehenderla, hacerla nuestra y poder transmitirla a nuestros niños y jóvenes.
Este cometido que, ya de por sí, ha resultado siempre tan grande y apasionante como arduo y abrumador en ocasiones, adquiere mayor complejidad, si cabe, en este tiempo en el que los límites entre verdad y mentira se nos presentan, a nosotros y a nuestros jóvenes, continua e intencionadamente desdibujados, e incluso, redefinidos.
Tal distorsión de la realidad nos confunde y nos lanza con frecuencia a los educadores a un mar de dudas e inseguridades que pueden conducirnos al desaliento. Entonces, en esos momentos más que nunca, es necesario detenerse, reflexionar, pedir ayuda, buscar apoyo y rectificar la ruta si es necesario, o bien continuar con nuevo aliento en el camino emprendido.
Sabemos por experiencia que no es fácil ni recomendable acometer solos esta labor, que nuestras fuerzas van y vienen y el cansancio hace mella, pero no olvidemos que no estamos solos, que nos basta su gracia. Además, conviene que nos rodeemos de quienes pueden asistirnos en esta tarea y que, por lo mismo, elijamos a la luz de estos criterios los centros educativos en los que se van a formar nuestros hijos.
En este sentido, reivindicaba para nosotros san Juan Pablo II en la sede de la UNESCO,
el derecho que pertenece a todas las familias de educar a sus hijos en las escuelas que correspondan a su visión del mundo y, en particular, el estricto derecho de los padres creyentes a no ver a sus hijos sometidos, en las escuelas, a programas inspirados en el ateísmo»[2].
«Yo soy el camino, la verdad y la vida»
A Él, la Verdad, nos ha de conducir el conocimiento; y a ÉL, la Verdad, ha de ir encaminada la educación.
Así lo resumía el pontífice polaco: «La educación católica consiste sobre todo en comunicar a Cristo»[3].
Por eso, cuando desatendemos esta dimensión trascendente y nos centramos como educadores en la mera instrucción, en la transmisión de saberes o de información, estamos privando a nuestros niños y jóvenes de la plenitud de la Verdad, estamos desatendiendo la necesidad que tienen de ella, e incluso, mermando su capacidad para alcanzarla y, por ende, su libertad.
¡No tengáis miedo!
Estas palabras, manifiesto inaugural del pontífice que las predicó sobre todo con su vida y que fueron una «exhortación dirigida a todos los hombres […] a vencer el miedo a la actual situación mundial»[4], resuenan a cada momento en el corazón, lo levantan y dirigen la voluntad y las manos a la acción, especialmente en este Año Jubilar de la Esperanza, proclamado por su sucesor, el papa Francisco.
Vosotros, educadores cristianos, habéis de ser forjadores de hombres libres, seguidores de la verdad, ciudadanos justos y leales, y constructores de paz”[5].
He aquí nuestra misión. Estamos forjando la libertad de los hijos de Dios. Renovemos cada día nuestro compromiso con alegría, valentía y esperanza, que la hay.
[1] Juan Pablo II. Viaje Apostólico a América Central. Discurso a los educadores laicos congregados en León. 4 de marzo de 1983.
[2] Juan Pablo II. Viaje Apostólico a París y Lisieux. Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura – UNESCO. 2 de junio de 1980.
[3] Juan Pablo II, Mensaje del papa Juan Pablo II a la Asociación Nacional de Educadores Católicos de los Estados Unidos. 16 de abril de 1979.
[4] Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la Esperanza, Plaza & Janés, 1994.
[5] Juan Pablo II. Viaje Apostólico a América Central. Discurso a los educadores laicos congregados en León. 4 de marzo de 1983.