Por mucho que la maquinaria de Hollywood se esfuerce en maquillarlo con efectos digitales y discursos inclusivos, la cultura woke huele a naftalina. Se presenta como vanguardia, pero ya suena a panfleto repetido.
La película, recién estrenada y ya estrellada, de Blancanieves se ha convertido en la prueba viviente de que el público, especialmente las familias, están hasta la corona de ser adoctrinadas cada vez que van al cine. Y la respuesta ha sido clara: los niños no quieren cuentos con moraleja ideológica, y sus padres tampoco.
Adoctrinamiento
El adoctrinamiento brilla —o más bien, se apaga— con alta evidencia en la nueva película de Blancanieves, un despropósito cinematográfico que ha hecho temblar hasta a los enanitos.
Los datos son demoledores: apenas 3,5 millones de dólares recaudados en las previews. Un fracaso monumental para una producción de este calibre. En IMDb, el veredicto es lapidario: 2,4 sobre 10. Sí, ni los bots pudieron salvarla.
Y por si fuera poco, las críticas han sido unánimes. Pero no unánimes como en los festivales donde aplauden cualquier cosa con bandera, sino unánimes de verdad: devastadoras. Incluso la prensa más afín no ha podido digerir este empacho de corrección política con pretexto de cine:
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«Perezoso, visualmente repelente» – The Independent
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«Agotadoramente horrible» – The Guardian
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«Disney ha destruido su reputación» – The Times
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«Un extraño, cálido desastre» – HuffPost
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«Apático» – ScreenDaily
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«El cine tiene una grave crisis de identidad» BBC
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Y cómo no va a tener todas estas críticas, si ni siquiera hay Blancanieves. Hay una actriz que detesta el cuento que representa, que se burla del príncipe, que desprecia el amor romántico y que considera que las historias de antes eran «retrógradas». ¿Perdón?
No hay beso, no hay magia, no hay cuento. Sólo una mujer enojada y siete compañeros diversos en lo que parece una metáfora sindical. Ni rastro del encanto.
Todo esto, claro, apelando a un falso progreso. Lo verdaderamente cierto es que lo que han hecho es destruir símbolos compartidos, vaciar de sentido las enseñanzas que acompañaron a generaciones, para rellenarlos de eslóganes estériles. Y lo peor: pretenden que los niños se traguen eso como si fueran lecciones de vida. No, gracias.
Esto ya no va de entretenimiento, va de adoctrinamiento.
La cultura woke, con su obsesión por deconstruirlo todo, ha terminado construyendo películas vacías, pretenciosas, sin alma. Y la nueva Blancanieves es la evidencia más clara: un espejo roto que refleja la crisis de identidad de todo un sistema.
Disney, que una vez supo hablar al corazón de los niños, ahora sólo les adoctrina con falsas consignas.